Nora es una mujer que actualmente ronda los 30 años. Viene de una familia decadente, horrible, que ella quiere tapar y olvidar. Nora alguna vez fue bonita. Ahora no puede disimular ya el paso de los años, que no son tantos, pero que a ella la aplastaron como un camión con acoplado pasándole por encima a alta velocidad. Es bajita y menuda. Flaca. Flaca porque no come casi nada: todo le cae mal. La vida le cae mal. Estudió y se recibió de abogada. Cuando vivía aún con sus padres, su casa era una metáfora de su vida. Era la típica casa chorizo, de varias habitaciones contiguas y un patio en el medio. La habitación de adelante, la más linda y la única luminosa porque daba a la calle, era la que ocupaba Norita, hija única. Las habitaciones siguientes eran ocupadas por sus padres y un tío. Cada vez más lúgrubes, húmedas y desvencijadas. Ella era lo mismo: la fachada de una familia desagradable. Un padre inexistente y tacaño que contaba las moneditas a pesar de que cobraba una jubilación en dólares. Una madre incapaz como madre, que se casó con este señor porque ningún otro le daba bolilla y se estaba poniendo grande. Y que se aferró a su única hija como lo único propio que había tenido en la vida. Y así quedó Norita: presa de las garras de una madre loca, detestando a su familia, queriendo formar parte de alguna otra familia adinerada o con renombre. Nora estuvo siempre de novia, porque fea no era, al contrario. Con cada uno de sus novios, desde el primero a sus 16 años, quiso casarse y tener hijos. Cuando tenía 22 años ya se sentía vieja y quería tener un hijo a toda costa. Su novio de entonces decidió dejarla, no por eso, sino por uno de sus tantos ataques de locura. Lo había llamado llorando diciendo que la habían querido violar por la calle, algo que a todas luces era mentira. Y él se cansó y la dejó. Luego anduvo por la cama de varios muchachos, todos de "buenas familias".
Cuando Nora se separó del papá de Julio, se quedó con todas y cada una de las cosas de su ex marido: desde la mesa hasta el microondas, desde las toallas hasta los CD's . Como era abogada, le hizo creer que ella manejaba la justicia a su antojo, y que cada cosa que él le pidiera, aún cuando fuera de él, equivaldría a menos horas con su hijito Julio.
Nora no quería separarse, pero Ariel se cansó de que ella volviera borracha de vaya a saber dónde, a veces incluso llevando al pequeño Julio, de un año y medio, con ella. Se cansó de que ella estuviera con otros tipos. Se cansó de las locuras de ella. De sus contradicciones e incoherencias. De que hiciera un escándalo cada vez que él tenía alguna cena con amigos o compañeros de trabajo. Cosa que ocurría con suerte dos o tres veces al año.
Ariel había sido flor de gil también. Se casó con Nora a pedido de ella a los 4 meses de estar de novio. No le avisó a ninguno de sus amigos. No eligió ningún testigo para su boda. No hizo fiesta. Ni un canapé. No se fue de Luna de Miel. No se alegró. A los pocos meses, Norita exhibía orgullosa su embarazo. Iba a ser nieto de médicos de renombre, hijo de otro médico. Su hijo y ella tenían el futuro asegurado. Sí, Ariel era un gil. El sabía que si no se ponía forro, podía venir un pibito. Hasta el día de hoy paga las consecuencias. Y hasta el día de hoy Nora usufructúa feliz y reivindicativa, los beneficios de tener un hijo con Ariel. Ya les contaré cómo.